Si uno pregunta en una fiesta qué es el tusi, es probable que le digan que es “la cocaína rosa”. Suena exótico, glamuroso, incluso moderno. Algunos lo ven como una droga de diseño, una especie de símbolo de estatus entre ciertos círculos. Pero la realidad va por otro lado. El tusi no es una sustancia con una composición clara ni segura. Es una mezcla que puede llevar desde ketamina y MDMA hasta cafeína, colorantes o lo que el productor de turno haya decidido echarle. Por eso mismo, engancha rápido, produce efectos impredecibles y puede ser mucho más peligrosa de lo que parece a simple vista. Desde el Centro Elphis Madrid están alertando de que empiezan a recibir cada vez más casos de personas jóvenes con problemas graves derivados del consumo habitual de esta droga.
Lo que hace que el tusi sea tan atractivo para muchos es también lo que lo vuelve tan problemático. No tiene un sabor fuerte, se presenta de forma llamativa y da una sensación de euforia y energía. Pero eso dura poco. Después vienen los bajones: ansiedad, confusión, paranoia, insomnio. Y con el tiempo, se genera una dependencia que no solo afecta al cuerpo, sino también al equilibrio mental. Muchos usuarios cuentan que empiezan a sentirse desconectados de la realidad, que pierden el control sobre sus impulsos y que su vida social, laboral o académica empieza a deteriorarse sin que lo noten.
Cómo se manifiesta una adicción al tusi y por qué es difícil de detectar
Uno de los grandes peligros del tusi es que no siempre se percibe como una droga dura. A diferencia del crack o la heroína, no tiene un estigma tan marcado. Al contrario: circula en ambientes donde la imagen es importante, donde se cuida la estética, donde nadie quiere parecer “fuera de onda”. Por eso, muchas veces la adicción a esta sustancia se camufla detrás de una apariencia cuidada, de una vida que por fuera parece estable. Pero por dentro, la historia es otra: problemas de concentración, ansiedad creciente, insomnio crónico, irritabilidad, sensación de vacío constante.
Además, como no hay una composición estándar del tusi, cada dosis puede tener efectos distintos. Una noche puede parecer soportable y la siguiente ser una pesadilla. Hay personas que han terminado en urgencias por crisis psicóticas, arritmias o estados de pánico extremos. Y lo peor es que, al no haber información clara, mucha gente no sabe ni lo que está consumiendo. Solo saben que les hace sentir “mejor”, o que necesitan más cada vez para sentir algo.
Desde el Centro Elphis Madrid señalan que el tratamiento de esta adicción no puede enfocarse solo desde la desintoxicación física. Se requiere un abordaje psicológico profundo, porque muchas veces el consumo de tusi está vinculado con una necesidad de pertenencia, con la presión social, con traumas previos o con un estilo de vida que gira en torno al exceso. Las personas que llegan con este problema suelen ser jóvenes, muchas veces con una vida activa y aparentemente funcional, pero con un nivel de angustia interna que no saben cómo gestionar de otra forma.
Qué implica iniciar un tratamiento y cómo se acompaña el proceso
Lo primero es desmitificar la idea de que hay que tocar fondo para buscar ayuda. No hace falta esperar a una sobredosis o a perderlo todo para pedir apoyo. De hecho, cuanto antes se actúe, más fácil es salir. En el caso de la adicción a la droga tusi, es fundamental abordar no solo el consumo, sino también el entorno que lo alimenta. Porque muchas veces la persona no consume en soledad, sino como parte de una dinámica grupal. Eso significa que el tratamiento también tiene que incluir herramientas para poner límites, cambiar de hábitos y, en algunos casos, cortar con ciertos vínculos.
En el Centro Elphis Madrid, el enfoque terapéutico es personalizado. Se trabaja con terapia individual, donde se exploran las causas emocionales del consumo, y también con terapias grupales para reforzar el apoyo mutuo y reducir el sentimiento de aislamiento. En muchos casos, se realiza también una intervención familiar, porque el entorno cercano juega un papel clave en la recuperación. No se trata solo de dejar de consumir, sino de aprender a sostener una vida sin depender de esa vía de escape.
Además, el proceso incluye un seguimiento médico y psiquiátrico, ya que algunas personas desarrollan cuadros de ansiedad o depresión como consecuencia directa del uso prolongado. Hay quienes necesitan apoyo farmacológico temporal, mientras fortalecen otras herramientas para afrontar el día a día. Y también se trabaja en la prevención de recaídas, enseñando a identificar señales de alerta y a crear una red de apoyo sólida.
Recuperar el control antes de que sea demasiado tarde
El atractivo del tusi tiene mucho que ver con cómo se vende socialmente: moderno, exclusivo, distinto. Pero lo que empieza como una curiosidad o una forma de socializar, puede terminar convirtiéndose en un callejón sin salida. Y cuando eso pasa, no sirve de nada negar el problema o esperar que se arregle solo. Lo que se necesita es actuar, con información clara, con acompañamiento y sin juzgar. La recuperación es posible, incluso en casos complicados. Lo importante es entender que nadie tiene que enfrentarse solo a esto. Que hay espacios donde se puede hablar, donde se puede parar, donde se puede empezar de nuevo.